Fraile Jacoba
 

    Giacoma Frangipane de' Settesoli, conocida como Jacoba de' Settesoli, y luego fraile Jacoba, nacería en 1190 en Roma en barrio Trastevere como Jacoba de' Normanni, se casó muy joven con Graziano Frangipane de' Settesoli, exponente de la noble casa romana de los Frangipane que tenía en propiedad el Septizonio, un monumento construido por Septimio Severo cerca del Circo Máximo de Roma y ahora, después de la caída del Imperio, bastión de los Frangipane. Quedé viuda en 1217, y se volvìo en la señora de los muchos castillos y tierras de Lazio de los Frangipane.

 

    Jacoba de’ Settesoli es la mujer más representativa del franciscanismo primitivo romano. Después de Santa Chiara, es la más cercana a Francisco, para la devoción y las expresiones de afecto. Hacia la virgen Chiara, Francisco se vio obligado a imponerse, a pesar de sí mismo , casi una actitud de desapego, después de que ella, junto con las otras, se recluyó en San Damián. Fue en vez diferente el comportamiento que tuvo en contra de Jacoba, la viuda romana, a la que se sentía más libre, estableciendo una relación con ella casi de niño a su madre. Para el "fraile Jacoba", como cariñosamente la llamaba, no había ningún vínculo de clausura, entonces, podía derramar a ella manifestaciones de afecto sincero.

    Conoció a San Francisco de Asís en 1209, cuando el santo llegó a Roma, y le ayudó a encontrar alojamiento en los benedictinos de Ripa Grande y a obtener una audiencia con el Papa Inocencio III.

    Lo que es aún más notable, Jacoba se convierte en la hermana de todos los hermanos, así que no había restricciones de separación. Francisco solía decir: “Abrid las puertas y dejadla entrar, porque para el fraile Jacoba no hay que observar el decreto de la clausura relativo a las mujeres”.

    Según una tradición, San Francisco, fundó en 1221, inspirado por su Jacoba, el orden de los "Hermanos y Hermanas de la Penitencia" o "Tercero Orden" dedicado a los laicos, que, a pesar de estar viviendo en el mundo, querían tener una vida cristiana en el estilo franciscano.

 

    La amistad entre los dos se transmite por  episodios gentiles. En uno de los encuentros en Roma, Francisco había encargado a Jacoba la custodia de un cordero, que se le había dado. El animal, casi amaestrado por el Santo en las cosas del espíritu, nunca se separaba de la mujer. "Incluso en la mañana, cuando iba a la iglesia a rezar. Si la señora tardaba en levantarse, el cordero saltaba y la golpeaba dulcemente con sus cuernitos, la despertaba con sus balidos: el cordero, discípulo de Francisco, se había convertido en maestro de devoción” (Leyenda Maior). La ternura de la relación que existía entre Francisco y Jacoba brilló sobretodo en el momento de la muerte. El Santo, ya llegando a su fin, quiso ver a Jacopa por última vez y le dictó la carta del contenido humano tierno e intenso: “A doña Jacoba, sierva de Dios, hermano Francisco pobrecillo de Dios. Sepa, querida, que el fin de mi vida está cerca”. La rogaba de traerle un paño oscuro para envolver su cuerpo, y las velas para el sepultura. “Y también de llevarme esos dulces que solías darme cuando estaba enfermo en Roma”.

    Después de la muerte de Francisco, Jacoba regresó a Roma y se dedicó a obras de caridad y piedad, ayudó a los frailes a obtener en el año 1229, por voluntad del Papa Gregorio IX (la Bula Cum deceat vos) la propiedad del hospital de San Biagio, transformándolo, después de la canonización de Francisco, en la vivienda romana de los franciscanos: nace el convento de S. Francesco a Ripa.

    Hecho el testamento, se retiró como terciaria franciscana a Asís, onde murió probablemente en 1239. Fue enterrada en la cripta de la Basílica de San Francisco frente a la tumba del santo y sus compañeros. Por encima de la urna lee el epígrafe Fr. Jacopa de Septemsoli y debajo de la urna Hic requiescit Jacopa sancta nobilisque romana (Aquí yace Jacoba santa y noble romana).